María Cristina Mitrovich
Mujer fueguina en acción

Cristina nació en Esquel, Chubut, con el aire frío de la cordillera y el corazón lleno de historias. Su vida fue, desde el comienzo, un encuentro de mundos: su padre, yugoslavo venido de Macedonia en un barco escapando de la guerra, y su madre, hija de indígenas, criada en una aldea del sur argentino. Su abuela materna se llamaba Catalina Nahuel Pan, de la familia Ney Pan. Cristina siempre decía, entre risas y orgullo, que si se respetara la línea de sangre, ella sería una princesa india.
El encuentro de sus padres no fue fácil. Su mamá tenía apenas 19 años cuando se fue con el "gringo", y esa decisión no cayó bien en la comunidad. Era un quiebre de clanes, una mezcla mal vista en aquellos tiempos. Pero ellos eligieron construir su vida a su manera, con amor, trabajo y muchas renuncias. Empezaron desde abajo, con una casita pequeña y mucho esfuerzo. Su papá trabajó en el ferrocarril, fue comerciante rural, y conoció bien la pala, la carretilla y la picota. Cristina siempre recordaba que él hablaba un español mezclado con yugoslavo, y que lo que más les enseñó a sus hijas fue la honestidad -yo soy un hombre honesto-, decía él, y eso bastaba. Cuando se enojaba, lo dejaba clarito. No había margen para faltar al respeto ni para no ser buena persona. Él le enseñó a tener que ser siempre honesta.
Cristina fue la más traviesa de sus cuatro hermanas. Siempre inquieta, "la más brava", como ella misma se describe. A los trece años su papá fallece y eso marcó un antes y un después. El dolor la hizo crecer de golpe. Anduvo por varios lugares del sur junto a quien sería su marido, Willy Khan. Estuvieron en Neuquén, en El Bolsón, en campamentos de obra, en medio del campo. Era una vida dura, de barro, viento y soledad. También vivió en Río Gallegos ya que su esposo trabajaba en la empresa "Khan y Costilla". Él tenía un porcentaje sobre obras.
Cuando Willy le dijo que les ofrecían trabajo en una isla, Cristina se imaginó un paraíso caribeño -¡Ay, qué linda una isla!- imaginándose en la isla de Kiligan, en el Caribe. Un paraíso, con árboles y playas. Llena de ilusión Cristina pensaba en las bondades que le brindaría ese nuevo lugar pero se preguntaba -¿y hará mucho frío?- a lo que su esposo le responde -no, corazón, aparte vamos por cuatro o cinco meses, dice a lo sumo. es una obra chica, allá también vamos a vivir en el campo, porque la obra queda a 160 kilómetros de la ciudad, en el norte de la isla, cerca de Kuyen- le respondió su esposo.
Llena de ilusión, preguntó si haría mucho frío. Él la tranquilizó, asegurándole que sería por sólo cuatro o cinco meses y que se trataba de una obra pequeña, ubicada en el campo, a 160 kilómetros de la ciudad, cerca de Kuyen.
Pero llegaron a Tierra del Fuego y la realidad fue muy distinta. Bajó del avión un 1° de mayo de 1970; y con zapatos de plataforma, cuando bajó del avión, se dio un rebalón que la sentó sobre el hielo de la pista del aeropuerto de Río Grande -todo era hielo y viento- su esposo le había prometido un paisaje hermoso; que había una laguna con flamencos, que era re lindo. Pero la crudeza del lugar fue evidente -vi un flamenco una vez y no vi ningún arbolito, nada-. Llegaron directo al Hotel Yaganes. Y era toda una fiesta en el hotel Los Yaganes, porque veía un montón de gente en el restaurante. Íban a la confitería que tenía un bowling; era como sentirse integrada a la ciudad.
Pero su estadía en el hotel fue breve -yo estuve una semana viviendo en el Hotel Yaganes y Willy llegaba de trabajar a la noche. Él no quería que fuera a la obra antes de tener la casa armada, considerando que mayo no era el mejor mes para llevarla. Pronto se trasladaron a su nuevo hogar, era una casa tipo prefabricada que subían en un camión en dos partes. La traían en camion y una vez que estaba armada, Cristina sacaba todas las cosas de los baúles, de los cajones y la armaba de vuelta, como cuando la tenía en los campamentos anteriores. Esa casa itinerante tenía su historia -primero estuvo en Winkel, Neuquén. Después la tuvimos en Bolsón. Después en Las Heras. Después en Río Gallegos y llegamos a Río Grande con esa casa- recuerda.
Se instalaron en Laguna Salada, a 16 kilómetros de la Estancia Kuyen. Sus únicas vecinas inmediatas eran la señora del administrador de la estancia y la señora del puesto de Kuyen. Para pasar el tiempo, jugaba a las cartas o ayudaba en el invernadero de la quinta, ya que ir a la ciudad estaba demasiado lejos. Allí vivió cinco años, entre la soledad y la nieve, pero pronto encontró consuelo en la comunidad del campamento de YPF, donde había un club social donde jugaba a la canasta y truco; y entre los matrimonios hacían torneos de cartas, bailes y rifas.
Cuando su esposo dejó la empresa y decidió quedarse en Río Grande, compraron Estancia Laura con los ahorros de toda una vida -cuando se le presentó la oportunidad de comprar un campo, decidió comprar Estancia Laura, sacó todos los ahorros que tenía en la empresa, porque la empresa ya no tenía trabajos aquí-. Fue así que el esposo de Cristina le dijo al hermano y al socio del hermano, que prefería quedarse en Río Grande, porque todavía tenía unos trabajos de pintura, de un oleoducto y trabajos de pintado de tanques en distintas obras. Entonces le entregaron al señor Don Camilo Pastoriza, la parte para comprar Estancia Laura. Aunque quiso ponerle el nombre Cristina, Cristina se negó. Sentía que ese sueño era de él- pasado cierto tiempo él quería poner la estancia a nombre mío y yo le dije que no porque era el sueño de él tener un campo y una estancia- recuerda -pero algún día cuando tengas dinero me compras una estancia a mí- le replicó Cristina.

Cristina vivía en los campamentos, manejando tractores, camiones y todo lo que hiciera falta. Aprendió a operar maquinaria pesada al lado de su compañero, acompañándolo siempre con un canasto, un termo y galletitas caseras. Así aprendió a manejar el D7, el D8, el camión, el tractor -yo no tenía problemas para manejar todo porque él era muy bueno en el volante y él me enseñaba-. Aprendió todo al lado de su compañero. Años más tarde compraron un terreno en la esquina entre calles Thorne y Perito Moreno, cuando las calles eran puro barro -eso era un fangal, tenías que ponerte botas de goma para cruzar esas calles-. Allí hicieron su casa. alternando entre el campamento y la estancia.
Cuando a Willy le detectaron un cáncer, pensaron que era una hernia, decía que sentía un dolor y que tenía un bultito. En Buenos Aires en el Instituto del Diagnóstico le hicieron un chequeo pre quirúrgico y apareció el cáncer. Lo que le habían tocado era una metástasis. En un viaje a Estados Unidos supieron la verdad: era un carcinoma en la próstata muy avanzado -fuimos a Estados Unidos al Hospital del Tumor, recién ahí le descubrieron en dónde estaba. Era un carcinoma en la próstata. Ahí les dijeron que le quedaban de ocho a nueve meses de vida. Antes de morir, él cumplió su promesa y le regaló la Estancia San Justo; un día la llevó a firmar a la escribania Rufat y el escribano le dice .¿se acuerda, señora, lo que le dijo Willy una vez? Cuando usted le dijo que le compre otra estancia, bueno, parece que sucedió. Porque su marido le ha comprado la estancia a los señores Ibarra-. Fue a firmar con el escribano Rufat, y ahí entendió que la vida, a veces, te devuelve lo que sembraste con amor.
Años después, en medio del dolor y las pérdidas, Cristina conoció a José Osvaldo Finocchio, más conocido como Nani. Así apareció el padre de su hija en su vida. Su esposo trabajaba en BGH y no tenía nada que ver con lo que Cristina hacía; no tenía nada que ver con el mundo del campo ni de las obras, pero juntos decidieron emprender algo nuevo; iniciaron un nuevo proyecto: La Posada de los Sauces, en la vieja casa de la familia Finocchio -esa era la casa de Finocchio y la alquilaba a la empresa Phillip, FAPESA. Allí vivía el gerente, al que le hablamos para que nos entregue de antemano la casa. Allí trabajaron codo a codo durante seis años. A pesar de la separación, siempre mantuvo un vínculo respetuoso con Nani, padre de su hija Mía -siempre hubo una buena relación con su papá, con su abuela-.
La maternidad llegó tarde y con mucho dolor. Tras nueve embarazos y la pérdida de diez bebes (uno de ellos era de mellizos), una pequeña intervención en Houston (EEUU) le dio la esperanza de poder tener un solo hijo. Ese milagro fue Mía, su alegría más grande. Con el tiempo, la casa que Cristina había armado en Thorne y Perito Moreno, y donde vivió en un pequeño departamento adaptado del garage, se convirtió en una gran vivienda que regaló a su hija, quien ya formaba su propia familia -la casa fue su regalo, su legado-.
En ese mismo rincón también vivió Marisita, la mujer que la crio desde que tenía cuatro años. Cristina la trajo a Río Grande cuando supo que no estaba bien en Esquel. Marisita, que tenía terror a subir a un avión por primera vez, pero en Río Grande fue feliz, compartiendo durante 25 años. Para Marisita Cristina era su familia; le había enseñado a atarse los cordones y había cuidado de todos sus caprichos de niña, acompañándola hasta sus últimos días.
Su espíritu emprendedor también dejó una marca tangible en la geografía provincial. En 2013, fue la impulsora que retomó y concretó el proyecto del Country Club San Justo, el primer club de campo fueguino. Desarrolló este loteo en las tierras de la antigua estancia, planificando un espacio urbano que ofrecía lotes en el bosque fueguino.
Cristina Mitrovich forjó su leyenda en el rugir de los motores. Formó parte de Mujeres Fueguinas, evento automovilístico organizado y protagonizado solo por mujeres. Los días 25 y 26 de octubre de 1986, al volante de su Renault 18, cruzó la meta para coronarse campeona.
Su trayecto tomó un nuevo rumbo hacia el asociativismo y la solidaridad. Asumió el rol de presidenta y representante de AMAR TDF (Ayuda Mutua Artritis Reumatoidea), una organización civil desde la que encabeza la tarea de brindar apoyo mutuo a pacientes con enfermedades reumáticas. Desde su liderazgo, gestiona la contención para una comunidad de alrededor de 300 personas, una labor que incluso enfrentó los obstáculos de la pandemia y su propia salud.
Hoy, Cristina mira hacia atrás y ve una vida hecha de lucha, de amor profundo, de pérdidas enormes y de reconstrucción constante. Fue pionera, fue compañera, fue madre, fue emprendedora. Aprendió a andar por caminos de ripio, a armar casas con sus propias manos, a plantar árboles que crecieron hasta los cables del alumbrado. Y, sobre todo, aprendió a no rendirse nunca.


