Liliana Brun

Desde el garage de su casa hasta la educación bilingüe, y un corazón arraigado en Río Grande

Nació en la provincia de Córdoba, en la localidad de Cosquín, en 1961, y vivió su infancia en Santa María de Punilla. Tanto su vida escolar como social transcurrieron entre Cosquín y Punilla. Es la mayor de dos hermanas y creció en el seno de una familia extendida, conviviendo con sus padres y manteniendo un estrecho vínculo con abuelos, tíos y primos. No asistió al jardín de infantes; su educación formal comenzó en primer grado de la escuela sSagrada familia, una elección familiar marcada por la fe católica de sus padres. Al vivir alejada del colegio, las reuniones sociales con sus compañeras eran escasas, una carencia que reconoce haber tenido.

A los seis años, viajar sola en colectivo durante tres kilómetros para ir a la escuela, era para ella y su hermana una gran aventura. Su padre era comerciante y su madre, maestra. La docencia siempre estuvo presente en su entorno desde pequeña. Su madre, una docente de vocación, dejó temporalmente la profesión para ayudar a su esposo en el negocio familiar, pero retomó la enseñanza cuando Liliana terminaba la secundaria.

Cursó el secundario en la localidad de Cosquín, en la escuela comercial Presidente Sarmiento, donde se recibió de perito mercantil, respondiendo así al mandato familiar de que, como hija mayor, se hiciera cargo del negocio. Liliana valora profundamente los lazos que forjó durante esa etapa.

Al finalizar, su padre comprendió que los números no eran lo suyo, fue su madre, con una visión adelantada para su tiempo y contexto, quien la impulsó a estudiar inglés en la ciudad de Córdoba; aquella "gotita de sangre docente" comenzaba a manifestarse. Mientras su padre prefería que también trabajara, su madre fue contundente: "las chicas van a ir a la universidad". El mundo se abrió ante ella y eligió el profesorado de inglés, con el anhelo de estudiar en Córdoba.

En el año 1983, durante su último año de estudios, comenzó a salir con Sergio, quien sería su esposo, ya entonces técnico electrónico. Él tenía un tío en Río Grande que le ofreció oportunidades laborales. En pleno auge industrial, su perfil fue rápidamente requerido. Tras siete meses de noviazgo, Sergio viajó para instalarse en el sur y luego regresó a Córdoba por ella. Se comprometieron, se casaron y, una vez que Liliana terminó su carrera, partieron juntos a Río Grande.

Llegaron en enero de 1984, Liliana tenía 22 años, estaba recién casada con el hombre que amaba y todo era una aventura. Ese ímpetu hizo que el contexto particular de Río Grande en esa época pasara a un segundo plano; solo disfrutaban de esa nueva etapa.

El tío de Sergio los acogió al llegar. en aquel entonces, era muy difícil conseguir vivienda debido a la gran migración laboral; la empresa de su marido les había prometido una casa. Recuerda haber esperado varios dias frente a la inmobiliaria Tierra del Fuego, entre calles Espora y Rosales, la primera casa disponible era para quien estuviera primero en la fila. La oferta habitacional era escasa; pero finalmente consiguieon casa en la calle Ricardo Rojas, donde hoy se encuentran las oficinas de TV Fuego.

Por entonces, no existían institutos de inglés. La enseñanza estaba en manos de pioneras como Sarita Sutherland, que daba clases en su casa, y Diana Wilson, en la escuela Don Bosco. Susana Cobos la tomó bajo su protección; aunque Liliana llegaba con su título, le faltaba experiencia. Susana fue una ayuda fundamental para iniciar su camino docente en la ciudad, al igual que los directivos del Cent 35, el secundario para adultos que funcionaba en la escuela n°2. Comenzó dando horas de castellano y literatura realizando una suplencia y luego consiguió horas de inglés en el Colegio Piedrabuena y después en el Colegio Don Bosco.

Dictaba clases en los 4tos y 5tos años, tanto en la modalidad comercial como en el bachillerato. hoy, enseña inglés a los hijos de aquellos primeros alumnos. Como anecdota recuerda que atravesando el extenso pasillo hacia el aula, y con 20 años de edad, los estudiantes decían: "ahí viene la vieja de inglés".

Conoció a María Silvia entre los años 1986 y 1987, al repartirse en partes iguales un grupo de horas en el Colegio Piedrabuena. Por aquel tiempo, Liliana y Sergio construían su casa en calle Viedma con un préstamo del banco Hipotecario; el terreno donde construían formaba parte de las chacras de Pechar, donde aún no había calles y todo era campo. Recuerda cuando en una oportunidad vino de visita su madre, y contenta por mostrarle el terreno, les fue dificil acceder ya que la calle Viedma no estaba abierta y accedian a traves de una huella; la indicación era: ¨mas o menos por ahí esta nuestro terreno¨. Las reuniones del consorcio, que se llamó Las Lengas, se realizaban en el Club Ohiggins, donde conoció a mucha gente. En ese barrio. También se estaba construyendo lo que sería La Anónima. Recuerda a los vecinos Puchio, donde ahora esta kiosko Las Vegas; señor de apellido Cavia, que tenía un taller mecánico, la sodería de la familia Grava, y se estaba construyendo electricidad Miguel. A los meses de mudarse a la nueva casa, decidieron con María Silvia utilizar el espacio del garage, para dar inicio al un instituto de Inglès. Empezo entonces una sociedad de dos familias que construyeron codo a codo y desde el pie, lo que hoy es el IFEI.

Era un sueño por cumplir: elegir el nombre, comprar las primeras sillas y los pizarrones, una aventura hermosa. Recuerda con especial cariño a sus primeros alumnos, como los hermanos Agnes y los Herrera, Pisano y otros que fueron las familias fundantes del instituto. Comenzaron con 8 o 12 estudiantes y llegaron a tener más de 600. Muchos son los alumnos que a lo largo de casi 40 años pasaron por las aulas del instituto en el que se convirtio el antiguo garage que crecio hasta extenderse por toda la casa y màs.

Muchísima gente formó parte del crecimiento del IFEI: profesores, secretarios y demás personal. Fueron las primeras en organizar viajes de intercambio cultural a Inglaterra en la ciudad como representantes de Together. También implementaron evaluaciones externas, primero a través de la cultural inglesa de Bahía Blanca y luego como sede de la Universidad de Cambridge.

Junto con un grupo de padres del instituto que las alentaron a iniciar la experiencia de un modelo de enseñanza bilingüe, Maria Silvia y Liliana inician en el año 1993 lo que se llamaría IFEI’S Day School. Mario Ferreyra, quien ya trabajaba en un proyecto educativo para una escuela secundaria, les ofreció ocuparse de la escueal primaria. Fue un gran desafio para el que convocaron a María del Rosario Uribe,Charo. Al año siguiente abre en lo que era la Galeria Internacional, la priemra escuela bilingue de nuestra ciudad: el CADEB: Colegio Austral de Enseñanza Biligue (hoy EADEB).

Liliana nos cuenta que se siente agradecida de haberse encontrado con personas que la ayudaron a crecer, le enseñaron y le tendieron la mano con generosidad. “Valorar esos encuentros, mantener los vínculos y cuidarlos enriquece nuestro trayecto de vida personal y profesional. Nadie tiene todo dentro de sí; siempre necesitamos ayuda de otros que nos acompañen, guien, complementen y completen”, reflexiona.

A esa Liliana joven le diría que se tomara las cosas con más calma, que confiara en que las cosas llegan en su momento, que intentara disfrutar más del tiempo con sus hijas. Pero bueno, por suerte a ese impulso de juventud siempre le llega el andar mas reflexivo de la madurez. A las mujeres de Río Grande les diría que si bien cada experiencia es personal e irrepetible, la ciudad de Rio Grande sigue siendo una tierra de oportunidades, que proyecten, que se involucre en la mejora de su comunidad, perseguir los sueños siempre tiene su recompensa, cuando se vive y se trabaja con responsabilidad y cariño.

Al cumplirse los 100 años de Río Grande, su mensaje es de gratitud: "Gracias, porque el lugar, su gente, los amigos, siempre fueron muy generosos y nos abrazaron en todo momento. Río Grande es el lugar donde vinimos solo con una valija, con ganas proyectar y de trabajar. Aquí formamos nuestra familia y tuvimos nuestras cuatro hijas fueguinas que nos enorgullecen cada dia. Ahora, en el tiempo de la mirada larga y tranquila, es todo un enorme gracias".

Liliana siente una profunda apropiación de la historia local: "Amar la ciudad nos hace parte, aunque tu partida de nacimiento diga otra cosa, el sentir pertenencia por este lugar, amarlo y cuidarlo, te hace riograndense y fueguina". Le sorprende gratamente que la comunidad siga abriendo sus brazos a los jòvenes algunos que vuelven y otros que vienen por primera vez. Cree que, “Ojala podamos reconocer en nosotros a los otros y seguir aunando esfuerzos para que los nuevos riograndenses tambien encuentren las oportunidades y los sueños que una vez nosotros vinimos a buscar” concluye.